Cuando el conocimiento indígena cura y previene las heridas de la guerra

Con rituales y saberes ancestrales las comunidades indígenas en Putumayo desarrollan procesos de sanación y perdón de las personas que fueron afectadas en el marco del conflicto armado. En esta región del sur del país hay un registro de 13.697 indígenas víctimas de la violencia.

Por: Paola Jinneth Silva Melo

“Cuando los niños, niñas y mujeres empezaron a tejer nuestros collares y manillas me di cuenta que, en algunos, su estado físico y emocional no estaba equilibrado. La mano y los ojos no afianzaban a ver el huequito de la chaquira con la aguja”. Con este ejercicio Mamá Emerenciana descubrió que algunas personas eran víctimas de violencia sexual.

Esta mujer de 54 años edad, de la comunidad indígena Kamentsá en Sibundoy, Putumayo, enseña a tejer y sentir en collares y manillas el pensamiento Kansá, facilitando un espacio de confianza y palabra que permitió conocer las historias de niños, niñas y mujeres víctimas de las dinámicas que trae consigo el conflicto armado.

“Tuvimos que hablar con las familias y sobre todo con los hombres y dirigentes indígenas quienes no querían tocar el tema. Desde entonces nuestra Corporación Madre Tierra, que dirijo, busca atender y prevenir la violencia sexual con un saber propio”, manifiesta Mama Emerenciana.

La lideresa indígena sabe que el conflicto armado ha fraccionado las comunidades, ha hecho que se pierdan las normas propias y se ha ocultado la violencia sexual y doméstica, que según la Red de Mujeres Víctimas, es la segunda causa que lleva a los niños, niñas y adolescentes a vincularse a grupos armados.

Su idea consiste en que en la medida que las personas tejen manillas y collares ancestrales, se logre reconstruir los lazos sociales, remendar y sanar con el arte propio los daños emocionales de quienes llegan a su ONG. Ha sido un trabajo que a la vez que rescata el pensamiento de su cultura indígena, muy fragmentada por la guerra, también aporta en prevenir que los niños, niñas y mujeres se expongan y hablen de estos casos.

Esta terapia se apoya de otras medicinas como las ceremonias del yagé con el fin de recuperar el autoestima y como alternativa de atención psicosocial diferencial mientras el Estado hace presencia efectiva.

Las comunidades indígenas en Putumayo, han sido víctimas del despojo, el reclutamiento, la violencia sexual, el arrebato de sus territorios, y con todo ello la pérdida cultural.  Según cifras del Registro Único de Víctimas –RUV- de las 179.371 víctimas indígenas, 13.697 pertenecen a esta región de la Amazonía colombiana.

¿Pero cómo y con cuáles saberes?

En el contexto Putumayense donde se convive con 14 pueblos indígenas, los saberes ancestrales han sido importantes para la recuperación del tejido social.  Allí abuelas sabedoras, ‘taitas’ (médicos tradicionales) y profesionales en diferentes áreas, trabajan para complementarse y apoyarse en la tarea de lograr confianza, autoestima, tranquilidad y paz propia.

“El saber está en el pensamiento, es el conocimiento que las comunidades han adquirido en permanente relación consigo mismo y con todo lo que rodea su territorio. Y para nosotros justo ahí está la sanación. No sirve atender a una víctima indígena o no, intentando sólo abordar los daños físicos o psicológicos. Para cualquier comunidad indígena estar sano implica estar en armonía en todo sentido”, manifesta Tania Laisuna, innovadora social del Colectivo Nuh Jay.

Ella como Valentina Gonzales de la ONG de derechos humanos Casa Amazonía resalta que los saberes ancestrales aportan en la atención mental de las víctimas, saberes que siempre han existido en las comunidades pero que occidente ignora.

“En su cultura es una práctica cotidiana recurrir a las mujeres sabedoras, taitas y chamanes porque desde las medicinas tradicionales, las plantas y prácticas ceremoniales hay muchísimos elementos que permiten, lo que llaman las armonizaciones, tratar las afectaciones de la violencia, encontrar un lugar en el territorio, restablecer energías, recuperar un sentido de confianza e identidad”, explica Valentina.

Es como si los saberes fueran la herramienta de reconexión a la tranquilidad que les robó la guerra y que actualmente persisten gracias a que las “mamás, taitas, chamanes, sinchis, jaibanas, curanderos, hombres y mujeres medicina, se han encargado de mantener vivo. Esos conocimientos nos permiten reconectarnos con nuestra esencia, a través de sus ceremonias, de sus rituales sagrados, de sus danzas, de sus cantos, de sus mitos y leyendas, con el uso de una gran diversidad de plantas sagradas, como es el caso del yage, el tabaco, el mambe, el ambil, el aguacoya y muchas más”, manifiesta el Taita Alfonso, del pueblo Inga.

Entre la sabiduría de las comunidades, están las medicinas, la idea no es aplicarla cuando está la enfermedad. “La medicina es estar bien y en armonía, es un todo. Está en el alimento, en la chagra (huerta), en la toma del yagé para prevenir, guiar, sanar. Pero también está en la relación con la naturaleza y con los otros. Y la sanación está en volver a conectarnos con la tierra, reconocer y purificar el propio cuerpo”, asevera el taita Miguel Shindoy del municipio de Sibundoy.

Y con esa energía invisible de reconectar al ser humano se han tejido redes para fortalecer el propósito de recuperar el sentido cultural, social, el territorio y el amor propio que arrasa y destruye la guerra. Así nació un gran equipo que en su comienzo se le conoció como las Cocas.

Mujeres y saberes en acción

Sirley Celis tiene 34 años de edad, es psicóloga; ella renunció a trabajar en hospitales psiquiátricos de Bucaramanga y llegó a Putumayo hace nueve años detrás de una planta, el yagé. Tania Laisuna es de Pasto y se ha especializado en conocer metodologías inspiradas en los saberes ancestrales. Sandra Vargas y Valentina Gonzales son comunicadoras sociales y dirigen la Corporación Casa Amazonia –COCA-. Todas fueron llamadas por esta tierra de ancestros para trabajar por la armonía de los pueblos luego de ciclos de guerra.

Sirley cuenta que el yagé le permitió descubrir que la psiquiatría era nociva al igual que las terapias electro convulsivas y de sedación, por lo que decidió buscar en la montaña otras alternativas para sanar. “Descubrí en la naturaleza que uno puede lograr el equilibrio y la armonía, y vi en el yagé una oportunidad para hacer trabajo psicoterapeútico”.

Así comenzó a trabajar con población víctima del conflicto armado, en especial mujeres y niños que vieron asesinar a sus familiares y tenían consigo los traumas que deja el terror de la violencia.

“Le buscábamos las emociones al indígena pero ellos no sabían que las podía expresar y menos contar. En todo ese proceso comprendimos que los saberes que hacen parte de su cosmovisión nos darían las estrategias de intervención”.

Lo primero fue salir del escritorio y cambiar el lenguaje. “Comenzamos ha realizar círculos de la palabra, que es la primera forma de unión de las comunidades indígenas y que en psicología se conoce como terapia de apoyo o grupal. Y de acuerdo al objetivo de encuentro con las comunidades afectadas podíamos realizar mándalas o círculos de fuego”, comenta.

Metodologías que conoció y fortaleció más adelante gracias al colectivo Nuh Jay en cabeza de Tania Laisuna, quien es anfitriona en temazcales, danzas de paz, círculos de escucha y tecnologías sociales consideradas metodologías que integran saberes ancestrales y contemporáneos para atender las necesidades actuales.

En esa labor de trabajo social en un territorio herido se cruzaron con Casa Amazonía, quien acompañando a los niños, niñas, adolescentes y mujeres en su proceso de restitución de derechos comprendieron que estas realidades se puede abordar de diferentes maneras y “lo que hemos visto y corroborado, es que los saberes alternativos generan un trabajo colectivo que fortalece las comunidades a la vez que permite apoyar procesos individuales de recuperación y sanación”, dice Valentina de Casa Amazonía.

Volver al vientre para renacer

Había que buscar una manera de llegar desde un lenguaje, y había uno universal: La tierra y sus elementos. Así se adoptaron metodologías como el Temazcal que utiliza el Taita Alfonso de la comunidad Inga y quien acompaña en esta medicina a la ONG Casa Amazonía. Esta entidad ha facilitado esta práctica en las escuelas de zonas rurales dispersas del departamento para fortalecer y guiar los propósitos de vida de los niños, niñas y adolescentes quienes conviven con el conflicto, la ilegalidad, la violencia intrafamiliar y el abandono estatal.

Es un ritual de comunidades de américa central, que se asemeja a una sauna, donde varias piedras adquieren la energía dentro de una gran fogata y son ingresadas al interior de un glu para que en un ritual con cantos, icaros, instrumentos, y plantas medicinales liberen sus aromas y propiedades fortaleciendo el propósito del encuentro.

“El temazcal representa el vientre, cuando entramos volvemos al útero de la madre con la idea de que al salir del temazcal renazcamos como nuevos hombres o mujeres, limpios y sin enfermedad como llegamos por primera vez a este mundo”, menciona el Taita Afonso.

“Lo hemos realizado con mujeres violentadas y ha ayudado a limpiar y hacer una reconstrucción histórica del cuerpo, de llorar, de soportar el calor y encontrar la calma en la tierra. Una persona víctima de violencia sexual nunca podría limpiar el cuerpo con palabras. Las plantas y aromas hacen la tarea”, explica Sirley.

Danzas de Paz 

Así mismo están los cantos y danzas propias como espacios para armonizar las comunidades y pedir perdón, es el caso del Día Grande en Sibundoy. Un encuentro para bailar, tomarse de la mano con otras personas, cruzar palabras y mirarse a los ojos permitiendo romper los temores que la violencia sembró sobre nuestros propios vecinos.

“Desde occidente se le ha llamado danzas de paz convirtiéndolas en una metodología mundial donde muchas personas bailan y cantan para crear espacios de confianza en las comunidades donde la vulnerabilidad, los miedos, las tristezas están presentes y donde puedes generar un ambiente para reconocer el cuerpo, aceptarte, mejorar la autoestima, profundizar soltar, sanar, escuchar”, manifiesta Tania.

Estas prácticas ancestrales también se han complementado con experiencias como el ‘mambeadero’, que es un gran “laboratorio de ideas, de buenos pensamientos que se convierten en palabra de vida, palabra que orienta, donde una historia, un mito o una leyenda siempre deja una enseñanza para enaltecer la vida, para planificar un proyecto o para cosechar el fruto de lo que se habló. Hay que tener paciencia, disciplina y resistencia para poder escuchar al abuelo o a quien guía un círculo de palabra”, aclara el Taita Alfonso, quien también menciona sobre la importancia de acompañar la palabra junto con la medicina.

“Se utiliza el ambil, el mambe, la coca y el tabaco, plantas maestras en perfecta alianza no para sumergirse en una traba sino para aclarar el pensamiento o como alimento mientras se toma la Caguana, bebida que no embriaga pero si endulza la palabra”.

Todo esto con el cuidado y guía de los abuelos y abuelas sabedores de las comunidades indígenas que sin importar que sus voces no están presentes para el Estado han sobrevivido con sus conocimientos a la violencia y son hoy, como antes, vitales para la construcción de la paz y la sociedad que anhelan.

Un ejemplo es el de Sirley y Taita Alfonso, que siendo de origen cultural diferente, hoy se unen a un proyecto en común, la Ecoaldea Anaconda del Sur, respondiendo al llamado a retomar y reconocer que la sabiduría de los pueblos vive en esta tierra y que es una forma válida de construir comunidad, de sanar, llegar consensos y mejorar formas de vida acordes con un nuevo entorno comunitario.

Putumayo un departamento de gente parida en sus selvas y montañas, y de otras llamadas por su riqueza, tiene en su silencio y magia cantos para consolar a sus desaparecidos; ortiga para purificar el cuerpo; yagé para que los jaguares y la naturaleza en su expresión nos devuelvan nuestra naturaleza equilibrada y nos hablen con lenguajes y colores.

“Con esa simbología quiero poner a alguien bonito o bonita”, dice Mamá Emerenciana que cada vez que teje piensa en la persona que lo pueda usar para que cuando se vista con las manillas o collares  resalte su belleza, su valía, su dignidad. Y piensa en los niños, niñas y mujeres abusados. Sabe que el principio de todo es pensar bonito y ahí la necesidad de sanar y prevenir los dolores de la guerra en una región violenta por sus riquezas, pero sabia por sus pueblos.

Fotografías. Paola Jinneth Silva Melo.

Nota. Esta historia fue construida en el marco de los Retos Periodísticos que lidera la organización de periodistas Consejo de Redacción –CdR– con el apoyo de la DW Akademie. AGENDA PROPIA publica la historia con el propósito de aportar en la visibilización.

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